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Del formato físico al streaming: nos toman por tontos

Del formato físico al streaming: nos toman por tontos [GenB]

No sé en qué momento nos empezaron a tomar por tontos. Y no, no hablo de que la vida esté cada vez más cara, de que llenar el depósito del coche me haga temblar cada vez que visito la gasolinera o de que hayamos sido conscientes desde hace mucho tiempo de que quizá no tengamos una casa propia en la puta vida. Hablo de algo que, hasta hace no demasiado, parecía bastante sencillo: comprar algo, pagarlo y disfrutarlo sin que nadie viniera después a explicarte que las condiciones han cambiado.

Últimamente tengo la sensación de que hay empresas que se están riendo de nosotros a la cara, pero que, por alguna razón, lo hemos estado consintiendo sin poner tampoco muchos impedimentos. Lo hacen con una tranquilidad pasmosa, además. Anuncian unas nuevas condiciones, publican cuatro frases sobre innovación y adaptación a las preferencias del consumidor que, sin leerlas, aceptamos sin saber qué diablos estamos firmando. Mal hecho por nuestra parte. Y tú recibes ese email, miras lo que llevas gastado en los últimos años y te preguntas si de verdad nos hemos acostumbrado tanto a tragar que ya ni siquiera nos molesta.

Lo curioso es que siempre hay una excusa. Si suben los precios, es por la calidad del producto. Si eliminan una opción, es porque cada vez se utiliza menos. También introducen una nueva restricción, como limitar la calidad de emisión y hacer que, para mejorar el servicio y disfrutar del contenido en 4K, tengas que aumentar la tarifa de suscripción. Es un desgaste constante. Nos habíamos acostumbrado a aportar nuestro dinero para contribuir a la continuidad del cine y de las series, además de la comodidad que supone poder disfrutar de todo este contenido online a golpe de mando a distancia, pero esto ya ha rebasado unos límites que, sinceramente, me niego a asumir.

La última noticia que me ha hecho pensar en todo esto tiene que ver con Sony, con su plataforma PlayStation. La compañía anunció que dejará de producir discos físicos para los nuevos juegos de la consola a partir de enero de 2028. Todavía queda tiempo y conviene no confundir ese anuncio con la desaparición inmediata de todos los juegos físicos, pero la dirección que está tomando el mercado resulta bastante evidente. Personalmente, y sin haber sido jamás consumidor de Sony en el mundo del videojuego, creo que han funcionado bastante bien hasta la fecha. Es más, cuando Microsoft tomó decisiones tan terribles en la época de Xbox One, de las que fui víctima, Sony alardeaba del hecho de compartir juegos con amigos y poder venderlos de segunda mano, como así lo hicieron durante una de las conferencias que ofrecieron los directivos de la empresa japonesa. Pero parece que han dado un volantazo y han decidido cargarse todo de golpe.

Y no sé vosotros, pero yo empiezo a estar cansado de que cada vez que una empresa decide eliminar algo que nos gusta tengamos que escuchar que es lo normal y, ya sabes, «es el mercado, amigo»: hay que acostumbrarse. ¿Y si no nos sale de las pelotas acostumbrarnos? ¿Y si resulta que algunos seguimos queriendo comprar nuestros videojuegos en una tienda, llevárnoslos con su caja a casa y colocarla en una estantería? ¿Desde cuándo eso se ha convertido en una costumbre que haya que justificar?

Y no es que tenga nada contra lo digital. Sería absurdo negar sus ventajas. Poder comprar un juego a cualquier hora, descargarlo en unos minutos y empezar a jugar sin salir de casa es comodísimo. Yo mismo entiendo perfectamente que haya gente que prefiera ese sistema y que no quiera acumular cajas y viejos discos, pero joder, qué gusto poder hacerlo. El problema es otro, y bastante más serio: que una cosa es elegir lo que te resulta más cómodo y otra muy distinta que las alternativas vayan desapareciendo hasta que tengas que aceptar lo que queda. Vaya, como el mundo laboral.

Porque no es lo mismo comprar digital porque quieres que hacerlo porque cada vez resulta más difícil comprar de otra manera. Si el formato físico pierde presencia, si determinados lanzamientos dejan de llegar a las tiendas y si cada vez más productos dependen de una plataforma digital, las posibilidades de elección se reducen. Después podremos discutir las cifras de ventas y las preferencias del público, pero convendría recordar que un mercado en el que solo queda una opción no es precisamente el mejor ejemplo de libertad de elección.

Y aquí es donde la cosa empieza a ponerse interesante, porque el problema de los videojuegos no termina solo en la desaparición de las cajas. Ya que se dejaron de esforzar en darnos aquellos sensacionales formatos de los 90 y principios de los 2000, con manuales de un arte exquisito, o los mapas de las ciudades en la saga Grand Theft Auto. Veremos a ver qué ocurre con GTA VI.

Lo que deberíamos preguntarnos es qué estamos comprando exactamente cuando pagamos por un videojuego digital. Porque, aunque en la pantalla aparezca el botón de comprar y el juego se incorpore a nuestra biblioteca, eso no significa necesariamente que seamos propietarios de una copia con las mismas posibilidades que un disco físico.

Normalmente, cuando compras un juego digital, lo que obtienes es una licencia de uso sometida a unas condiciones. Pagas por el derecho a utilizar ese contenido conforme a las reglas de la plataforma, pero no adquieres automáticamente todos los derechos sobre el juego ni la libertad de hacer con esa compra lo mismo que harías con un disco. En la mayoría de los casos no puedes revenderlo libremente o prestárselo a tu colega, como harías con una copia física. Y esto no es un detalle sin importancia. Es una diferencia fundamental que muchas veces pasa desapercibida porque «pasar por caja» nos hace pensar que estamos adquiriendo algo que será nuestro para siempre. Entonces llega la pregunta: ¿qué pasa si dentro de quince años quiero volver a jugar a ese título? ¿Y si la plataforma ha cambiado, el servicio ha cerrado o el juego ya no está disponible? ¿Qué valor tiene una biblioteca digital si parte de ella depende de que una empresa siga manteniendo las condiciones necesarias para utilizarla?

Del formato físico al streaming: nos toman por tontos [GenB]

Pero lo verdaderamente jodido es que esta historia ya nos suena. No hace falta irse demasiado lejos para encontrar un ejemplo perfecto de cómo la industria del entretenimiento puede coger una idea magnífica, convertirla en un negocio ridículamente rentable y terminar estropeando buena parte de lo que la hacía atractiva.

Basta con echar un vistazo al streaming. Cuando Netflix empezó a popularizarse en Internet tras el éxito de sus inicios como videoclub por correo postal, la propuesta tenía todo el sentido del mundo. Pagabas una cuota razonable y tenías acceso a un catálogo enorme de películas y series. Sin horarios, sin anuncios y sin necesidad de comprar cada título por separado. Querías ver algo, lo buscabas y listo. Para mucha gente fue una alternativa estupenda a la televisión tradicional y su aburrida programación lineal, además de una de las razones por las que se dejó de recurrir a las descargas para encontrar este tipo de contenido, o al menos se redujo considerablemente.

El servicio era cómodo, el precio parecía razonable y daba la impresión de que, por una vez, una gran empresa había entendido lo que quería el consumidor. Pero el éxito tiene estas cosas. Cuando una compañía descubre que millones de personas están dispuestas a pagar todos los meses, empieza a preguntarse cuánto más puede sacar de cada cliente. Y entonces es cuando huelen la sangre y llegan los cambios.

Netflix endureció las condiciones para compartir cuentas. Lo que durante años había sido una práctica habitual para muchos usuarios pasó a estar sujeto a restricciones y, en determinados casos, a pagos adicionales. Después llegaron las subidas de precio, las distintas modalidades y la publicidad en algunos planes. Y otras plataformas siguieron su propio camino, creando servicios exclusivos y repartiendo los contenidos entre diferentes catálogos.

De repente, aquello que parecía una alternativa sencilla a la televisión de pago se convirtió en otro elemento más de la maquinaria capitalista. Lo de las cuentas compartidas fue especialmente sonado en las redes sociales. Una cosa es que una empresa establezca unas condiciones de uso y otra que los clientes no puedan cuestionar cómo cambia la experiencia por la que decidieron pagar. Netflix intentó defender su decisión desde el punto de vista empresarial, pero los usuarios comenzaron a preguntarse si el servicio seguía compensando. Y muchos empezaron a darse de baja.

Y luego están los anuncios. Esto sí que tiene su gracia. Una de las ventajas que nos vendieron del streaming era que podíamos olvidarnos de los cortes publicitarios. Pagabas y veías tus películas y series sin interrupciones. Esa era precisamente una de las diferencias respecto a la televisión tradicional, que llevaba décadas acostumbrándonos a pausas publicitarias que jugaban a más no poder con nuestra paciencia.

Del formato físico al streaming: nos toman por tontos [GenB]

Ahora tenemos planes de streaming con anuncios y modalidades más caras para quienes prefieren evitarlos. Y no tengo ningún problema con que exista una opción más económica financiada mediante publicidad. El problema es que el consumidor termine pagando una suscripción y tenga que asumir interrupciones o desembolsar más dinero para disfrutar de la experiencia que inicialmente le habían vendido como una de las ventajas del servicio.

Hemos vuelto, en cierto modo, a la televisión de siempre, solo que ahora tenemos varias aplicaciones y varias suscripciones. Y no me digáis que nadie nos obliga a pagar todas las suscripciones, porque eso ya lo sabemos. Lo que ocurre es que el mercado del streaming se ha fragmentado de tal manera que acceder a los contenidos que nos interesan puede resultar mucho más caro de lo que parecía al principio. No hace falta contratarlo todo para darse cuenta de que la suma de varias cuotas puede acabar siendo un gasto considerable. 

No sé vosotros, pero yo no quiero tener que hacer un desembolso enorme para ver películas, teniendo en cuenta lo que ya pago solamente para sobrevivir. Y aquí es donde entra la cuestión de la piratería, esa palabra que las grandes compañías llevan años utilizando como si fuera la explicación de todos sus problemas. Porque si algo ha demostrado la historia de internet es que los usuarios buscan alternativas cuando las opciones disponibles dejan de resultarles coherentes.

Durante los últimos años, nos hemos concienciado de que descargar películas y videojuegos era innecesario porque existían servicios legales cómodos, accesibles y razonablemente baratos. Y en cierto modo era así. Muchísima gente dejó de utilizar los programas P2P cuando encontró una manera más sencilla de acceder a los contenidos que quería. ¿Para qué pasarte una tarde buscando archivos si podías abrir Netflix y encontrar una película en unos segundos? Pero parece que las compañías han olvidado la parte más importante de aquella ecuación: la gente elegía las alternativas legales porque ofrecían una experiencia que merecía la pena. No porque tuvieran una obligación moral de ser clientes de Netflix. No porque estuvieran enamorados de las tiendas digitales de las consolas. Y desde luego no porque quisieran pagar cinco suscripciones distintas para ver cuatro series. Así como cuando comenté este mismo tema, pero con los precios de los deportes.

Por eso creo que ha llegado el momento de hablar de nuevo de las descargas sin tanto dramatismo. Va siendo hora de dejar de tragar y recuperar un poco el espíritu de aquellos años de eMule y Torrent. No porque todo deba ser gratis, sino porque si las alternativas legales se ríen de nosotros, nos suben los precios, nos meten anuncios y nos restringen las cuentas, no pretenderán que encima les demos las gracias.

DaviOne
DaviOne

13 de octubre 2026

1 comentario:

  1. Todos somos terroristas y merecemos que nos la metan por el culo. Si los dejasen nos pondrian contra la pared y nos fustigarian hasta la última gota de sangre, y sabeis qué, eso ya esta pasando.

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