La Cosa (The Thing): la obra maestra de John Carpenter sigue helándonos la sangre
El termómetro marcaba un punto de no retorno muy por debajo de cero en la inmensidad desértica de la Antártida, pero el verdadero frío no soplaba fuera de las paredes metálicas de la Estación Experimental 31, sino en el interior de las miradas que se cruzaban bajo la luz parpadeante de los fluorescentes. Cuando John Carpenter desembarcó en aquel páramo helado en el curso de 1982, no buscaba rodar una simple película de monstruos espaciales, sino construir un relato sobre la desconfianza y el colapso mental cuando los niveles de estrés se disparan sin control. El director venía de firmar una racha creativa extraordinaria—desde la gamberrada espacial de Estrella oscura (1974), Asalto a la Comisaría del Distrito 13 (1976), la respuesta modernizada de Río Bravo (1959) del propio Howard Hawks, a quien mencionaremos más adelante, hasta el éxito absoluto de La Noche de Halloween (1978)—, el director abandonó cualquier complejo para entregar un producto asfixiante sobre la paranoia, un clásico del cine de culto cuya elegancia técnica y argumental sigue congelando la sangre todavía.
Una irrupción acaba de golpe con la monotonía del aislamiento polar de los que allí se encuentran: un helicóptero noruego persigue a tiros por la nieve a un perro que huye, culminando en una explosión un tanto absurda que vuela por los aires a los propios perseguidores. Desconcertados por el estropicio, los investigadores estadounidenses acogen al animal sin saber que acaban de abrirle la puerta al caballo de Troya. Mientras el piloto MacReady —un Kurt Russell soberbio, envuelto en un abrigo desaliñado y una chulería algo desmedida— encabeza una inspección a la base noruega vecina para comprobar qué ha ocurrido, el descubrimiento de cadáveres mutilados y restos de una nave sepultada en el hielo destapa la caja de Pandora. El organismo hallado no está muerto; es una entidad metamórfica capaz de infiltrarse a nivel celular, imitar con total precisión cualquier cuerpo vivo y suplantarlo por completo. A partir de ese momento, el guion evita cualquier convencionalismo y convierte el complejo científico en un espacio hostil y claustrofóbico, donde comenzarán las sospechas entre los propios individuos en una guerra psicológica que derivará en una cacería humana donde nadie es inocente.
Es bastante común encasillar la película como un remake de El Enigma de Otro Mundo (1951), uno de los clásicos del cine de invasiones de la Guerra Fría de mitad del siglo XX producida por Howard Hawks. Sin embargo, el filme de Carpenter funciona más como una repuesta al material literario original que inspiró ambas versiones: la novela corta: Who goes there? (1938) (¿Quién hay ahí? en España), escrita por John W. Campbell Jr. Mientras que la adaptación clásica de los cincuenta había eliminado gran parte de la complejidad del texto para reducir al extraterrestre a un mutante antropomórfico estándar, el enfoque de los ochenta recupera, en mi opinión, la inquietante premisa creada por el mítico editor de la revista Astounding Science Fiction. No obstante, veremos a lo largo del metraje varias referencias a la versión de Hawks. Respaldados por el guion de Bill Lancaster, Carpenter y su equipo descartaron el optimismo racionalista de la obra original y el simplismo de la serie B para abrazar un pesimismo radical, muy afín al de la desconfianza sistémica del pueblo estadounidense instaurada durante la Guerra Fría al comunismo y lo que supuso el trauma de Vietnam. Algo muy habitual en las películas y series de ciencia ficción en los años cincuenta, que utilizaban ese contexto de miedo al desconocido y paranoia, especialmente durante el mandato Joseph McCarthy y su famosa caza de brujas. Destacar un clásico de la serie La dimensión desconocida, de Rod Serling, el episodio: Monstruos en la calle Maple, que es uno de los ejemplos más claros de paranoia y sospecha entre vecinos provocado por este contexto social.
Si el grueso intelectual destaca sobre la erosión de las relaciones sociales, el impacto visual de la película se sostiene íntegramente sobre la innovación de sus efectos especiales. En una época completamente ajena aún al CGI, Carpenter confió toda la materialización física del ente a un joven genio de veintiún años llamado Rob Bottin, cuya iconografía bebe directamente de H.R. Giger, Francis Bacon y, por supuesto, de los relatos de H. P. Lovecraft. Frente a la opacidad de los años cincuenta —donde las limitaciones técnicas obligaban a ocultar al monstruo fuera de encuadre—, la nueva propuesta expone el horror anatómico en primer plano focal: perros que estallan en masas de tentáculos hambrientos, cráneos que se desprenden del cuello para huir con extremidades arácnidas o manos que se deslizan sigilosas bajo la piel. Este despliegue magistral de látex, polímeros y fluidos orgánicos no responde a un gratuito festival de gore, sino a la coherencia de un relato donde la corporalidad humana deja de pertenecer a su dueño para convertirse en un simple envoltorio corruptible, un esfuerzo físico tan extremo que terminó enviando al propio Bottin al hospital por agotamiento al concluir el rodaje.
Es una pena pensar que, en el verano de 1982, esta obra maestra del cine de ciencia ficción, se pegó un auténtico batacazo en taquilla al coincidir en las salas con de E.T., el extraterrestre, de Steven Spielberg, cuya sensibilidad dirigida al público infantil y familiar, eclipsó por completo la propuesta oscura y adulta de Carpenter. Por si fuera poco, la crítica de la época la destrozó sin entender nada, ya que estaban de moda los alienígenas amables que los invasores y amenazantes, como sí lo fueron durante la edad dorada del cine de invasiones, con títulos tan memorables e imprescindibles como: La invasión de los ladrones de cuerpos (1956), de Don Siegel o el clásico entre los clásicos, La Guerra de los Mundos (1953), dirigida por Byron Haskin y basada en la novela de H.G. Wells.
Por suerte, el tiempo puso las cosas en su sitio: la película recuperó una enorme fama como clásico de culto gracias al boca a boca cuando llegó a los videoclubs. Hoy, recordada por todo aquello y por la inolvidable fotografía de Dean Cundey y la música de Ennio Morricone, sigue siendo una auténtica delicia. De lo que no cabe duda es que, más de cuarenta años después, La cosa sigue siendo tan heladora, magnética y terrorífica como el primer día.






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