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IA, teletrabajo y la fatiga del futuro prometido que nunca llegó

IA, teletrabajo y la fatiga del futuro prometido que nunca llegó [GenB]

Hay un cansancio difícil de explicar que aparece cada vez que alguien anuncia una nueva “revolución tecnológica” destinada, supuestamente, a mejorar nuestras vidas. No es rechazo a la tecnología, es desconfianza hacia el relato que la acompaña. Si nos centramos en el ámbito profesional, he observado que las promesas iniciales para los empleados son tan grandes como las trampas con las que se las disfraza. A cada mejora le suelen seguir unos intereses ocultos: más disponibilidad, más tareas, más velocidad de adaptación. La inteligencia artificial se presenta ahora como el siguiente gran salto que se supone que nos haría más eficientes y libres, pero a menudo tengo la sensación de estar viviendo en un constante déjà vu que, como ocurría en la brillante película Matrix (1999), suponía un fallo en el sistema, que por lo que sea y como siempre ocurre, siempre gana la banca.

Durante la pandemia del COVID-19, se nos habló de que un futuro distinto podría existir y ser perfectamente viable en la mejora de nuestras vidas laborales: el teletrabajo. Parecía que una puerta se abría a un cambio, no sólo de la manera en que realizamos nuestras funciones, sino como un nuevo giro de la mentalidad social a niveles generales. Menos horas perdidas en desplazamientos, más tiempo para conciliación familiar..., en definitiva: para vivir. Durante un breve espacio de tiempo, pareció que la tecnología podía ser una poderosa aliada para un atisbo de esperanza para alcanzar ese famoso estado del bienestar del que tanto nos hablaban hace ya muchos años. Pero ese umbral de esperanza, se ha ido cerrando a la velocidad del rayo, y lo poco que se había avanzado, fue dando marcha atrás. Muchas empresas han forzado el regreso a la presencialidad sin prácticamente hacer una reflexión real sobre lo aprendido (si es que han aprendido algo), y en los casos en los que el trabajo remoto se mantiene, a menudo lo hace bajo condiciones de dudosa ética y legalidad, en un punto donde empiezan a no estar claros los límites entre la vida y el trabajo. Jornadas que se alargan, llamadas fuera de horario laboral... La disponibilidad constante se normaliza y el descanso deja de ser un derecho para convertirse en un privilegio, que usamos como moneda cambio para vender nuestro tiempo libre a la empresa sin cobrar horas extra.

Pero si de avances hablamos, no podemos obviar la que posiblemente vaya a convertirse durante los próximo años en una de las revoluciones más importantes de la historia, que afectará a prácticamente todos los ámbitos de la vida, pero quizá donde más intranquilidad genera a día de hoy, es el mundo laboral. Me interesa la IA como avance técnico, lo reconozco, pero me inquieta como fenómeno social. No puedo evitar preguntarme sobre el uso ético de quienes la utilizan. Por supuesto, no vamos a dudar del valor que puede aportar en muchas áreas y en las utilidades reales para los avances en campos como la ciencia, medicina y otros muchos. Pero tengo la sensación de que oculta una contrapartida más oscura, y lanzar esta tecnología libremente al público general sin reparar en las consecuencias de un mal uso, quizá no haya sido la mejor idea.

Tengamos también en cuenta el origen de muchos de estos sistemas. La IA no aparece de la nada: se nutre del conocimiento colectivo, de millones de textos, imágenes, ideas y trabajos generados por personas a lo largo de años y que fueron compartidos a través de Internet. Ese bien común se convierte en un producto privado que otros comercializan, mientras quienes han contribuido indirectamente a construirlo participan poco o nada de los beneficios que se puedan generar. Si a todo esto le sumamos las malas praxis por parte de ciertos usuarios, entramos en terrenos más peligrosos y aterradores, como en la dignidad de las personas. La facilidad con la que hoy se pueden manipular imágenes y generar representaciones falsas de cuerpos y rostros, ha abierto un mercado de explotación, principalmente en el ámbito sexual y pornográfico, donde hay miles de testimonios de personas (generalmente mujeres y en ocasiones hasta menores de edad), que se han encontrado con fotografías de ellas mismas desnudas y totalmente sexualizadas con las que los autores han generado un beneficio económico o han compartido por simple diversión. Pone realmente los pelos de punta pensar en la cantidad de gente que crea y consume estos contenidos. Es decir, que esta tecnología también se está utilizando para crear material sexual no consentido a partir de imágenes de mujeres reales, para fabricar identidades ficticias que reproducen estereotipos profundamente machistas y deshumanizadores, y para alimentar una industria que convierte a seres humanos en recursos disponibles para ser apropiados, modificados y comercializados. No hay que olvidar que la violencia no sólo se reduce a la agresión física para ser real: puede ejercerse en forma de imagen, de exposición en redes sociales o de humillación pública.

Tampoco quiero que me malinterpretéis, ya que no escribo estas líneas desde el rechazo a la tecnología ni el avance, sino desde la sensación de que la estamos aceptando sin hacernos las preguntas suficientes, o al menos, las adecuadas. ¿Deberíamos tomarnos tan a a la ligera un modelo que se traduce en presión sobre ciertos aspectos de la vida y en nuevas formas de vulnerabilidad? Quizá la tecnología no es la que está fallando, sino nosotros mismos como sociedad, al permitir que se use para destrozar derechos o fabricar nuevas formas de violencia, que tristemente parecen estar volviéndose a aceptar en ciertos sectores de la población. Tiene pinta de que, o reaccionamos ahora, o estaremos simplemente acelerando al mundo de mierda que llevamos construyendo muchos años.


DaviOne
DaviOne

3 de febrero 2026

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