false

ÚLTIMA HORA

El hombre invisible: cuando James Whale convirtió la ciencia en una pesadilla

El hombre invisible: cuando James Whale convirtió la ciencia en una pesadilla [GenB]

Cuando era pequeño, había películas de terror que generaban mal rollo solo con ver aparecer a sus protagonistas. Ya fuera Freddy Krueger, que aterrorizó a todos mis compañeros del colegio y del cual supe por primera vez de su existencia cuando me hablaron de él en un recreo. Aquel tipo con un guante con dedos de cuchillas, jersey de rayas y su clásico sombrero, que se aparecía en las pesadillas de los niños y que, aunque muchos de estos amigos me lo negaban, alguna de sus madres me confesó tiempo después que también las habían sufrido ellos mismos tras su visionado. Cómo olvidar también a Reagan en El exorcista, o los inquietantes Critters, los cuales también me perturbaron un tiempo tras ver la película, pese a que fui claramente advertido por mis padres. Todos estos y muchos más eran personajes que se te quedaban en la cabeza incluso después de apagar la televisión, en especial cuando también se apagaban las luces, y más concretamente cuando tocaba recorrer el oscuro pasillo cuando te levantabas al baño de madrugada. 

Por eso recuerdo que El hombre invisible me produjo una sensación bastante diferente cuando la vi por primera vez. Había algo singularmente extraño en aquella película, algo que no terminaba de encajar con lo que yo entendía por terror. Y tardé un tiempo en ser consciente de qué se trataba: no había una cara a la que contemplar o temer. El protagonista podía estar justo delante de ti y, al mismo tiempo, no había absolutamente nada que ver. Solo una voz, unas vendas flotando en el aire y la sensación de que alguien estaba ahí, observando. Viéndola ahora, muchos años después, resulta todavía más curioso pensar cómo James Whale consiguió trasladar al cine una película entera alrededor de alguien que, literalmente, no podía aparecer en pantalla.

El hombre invisible es una de las producciones más curiosas de la etapa dorada del cine de terror de la Universal, siendo, a su vez, una adaptación de la novela publicada por H. G. Wells en 1897. Una historia que mezclaba ciencia ficción, terror, y una considerable dosis humor negro para narrar algo mucho más interesante que la existencia de un hombre con la capacidad de no ser visto. Plantea una pregunta muy interesante desde el punto de vista narrativo: ¿qué ocurriría si el ser humano obtiene el anonimato total y desaparece la barrera que frena sus impulsos más oscuros y primitivos? Dicho de otra forma: ¿hasta dónde llegaríamos si nuestros actos no tuvieran consecuencias? ¿Mantendríamos el mismo código moral?

A comienzos de los años treinta, el cine ya se había convertido en uno de los grandes espectáculos de masas. Millones de espectadores acudían semanalmente a las salas y Hollywood buscaba continuamente nuevas fórmulas para atraerlos. La industria ya se había percatado del negocio que había detrás del celuloide y, como no podía ser de otra manera, una nueva ola de producciones estaban teniendo lugar en los estudios norteamericanos. La ciencia ficción y el terror ofrecían una combinación especialmente atractiva, en especial en los tiempos que corrían. Pese a que esta moda surgió poco antes, fue de lo que se nutrió unas décadas después los grandes títulos de ciencia ficción, cuando entraron en juego la era atómica, los avistamientos OVNI y, por supuesto, la paranoia que supuso la Guerra Fría en la sociedad estadounidense. 

Universal Pictures encontró un filón. El estudio había comenzado su trayectoria con producciones relativamente modestas, pero la llegada de Carl Laemmle Jr. a la dirección en 1929 propició una apuesta por películas más ambiciosas y cuidadas. El resultado fue una sucesión de clásicos que acabarían construyendo buena parte del imaginario del cine fantástico. Uno de los más exitosos fue Frankenstein, estrenada en 1931 y dirigida precisamente por el mismo James Whale, con Boris Karloff convertido en una de las criaturas más reconocibles de la historia del séptimo arte. La fascinación por el científico que juega con fuerzas que no comprende completamente (o el clásico científico loco) tampoco apareció por casualidad. El público de los años treinta estaba viviendo una época de enormes transformaciones sociales y tecnológicas. Los continuos avances científicos habían modificado profundamente la percepción que la sociedad tenía del mundo. Y, mientras tanto, la Gran Depresión había dejado a millones de personas en una situación económica bastante dramática. El cine podía ser una vía de escape y no es extraño, por tanto, que junto al terror triunfaran también las comedias más disparatadas, género que también vivió tiempos muy buenos en aquel momento. El público necesitaba olvidarse durante un par de horas de una realidad que no invitaba precisamente al optimismo. Universal había encontrado la fórmula y James Whale estaba a punto de demostrar que todavía podía llevarla un poco más lejos.

El hombre invisible: cuando James Whale convirtió la ciencia en una pesadilla [GenB]

La historia comienza con un misterioso viajero que llega a una posada rural inglesa. Su aspecto ya resulta extraño: permanece completamente cubierto, lleva el rostro oculto mediante vendas y protege sus ojos con unas gafas de sol oscuras. Su comportamiento avinagrado tampoco ayuda precisamente a integrarse entre los habitantes del lugar. Se trata de Jack Griffin, un científico que ha desarrollado una sustancia capaz de hacer "desaparecer" el cuerpo humano. El problema es que Griffin cometió el clásico error de muchos de los científicos de ciencia ficción: decidió probar su descubrimiento consigo mismo. El experimento funciona, demasiado bien, y e problema llega cuando Griffin no consigue encontrar la manera de revertir el proceso y, además, descubre que la sustancia está afectando progresivamente a su mente, comenzando a ser consciente de la degradación a la que está está sometiendo a ésta. Al principio disfruta de las posibilidades. Todo comienza con actos más o menos inocentes, como gastar bromas, moverse sin ser detectado y asustar a quienes le rodean. Pero poco a poco aparece algo mucho más perturbador: el poder en su estado más puro. Griffin empieza a perder la cordura y su comportamiento evoluciona hasta la violencia cuando comienza a ser consciente de que quizá jamás encuentre la cura. Y ahí es donde radica todo. ¿Hasta dónde podemos llegar cuando todo está perdido y, a su vez, manejamos un poder que no podemos controlar? 

Después del éxito de Frankenstein, lo lógico para Universal era continuar explotando aquel filón. El estudio quería que Whale dirigiera una nueva historia relacionada con el monstruo, pero el director británico no estaba especialmente interesado. Whale quería llevar al cine Sin novedad en el frente, la célebre novela antibelicista de Erich Maria Remarque, con un guion de R. C. Sherriff, dramaturgo con el que ya había trabajado durante su etapa teatral en Londres. Whale buscó una solución intermedia. Si Universal quería otro monstruo y él quería alejarse de Frankenstein, había una alternativa perfecta: el Hombre Invisible. Carl Laemmle Jr. aceptó, aunque el siguiente problema tenía un nombre mucho más complicado: H. G. Wells. El escritor británico ya había comprobado lo que Hollywood podía hacer con sus obras y no estaba precisamente encantado con los resultados. La adaptación de La isla del doctor Moreau, convertida en La isla de las almas perdidas en 1932, había provocado su disgusto. Cuando Universal adquirió los derechos de El hombre invisible, Wells quiso tener un control considerable sobre el proyecto. Exigió que el guion respetara su novela y se reservó incluso la posibilidad de aprobar la versión definitiva. Universal, sin embargo, tenía otros planes. Al estudio le interesaba fundamentalmente una cosa: el nombre de H. G. Wells y la fuerza comercial del título. Durante un tiempo se solicitaron propuestas a prácticamente todos los guionistas disponibles. Algunas resultaron tan alejadas del material original que llegaron a trasladar la historia hasta la Rusia zarista. Entre quienes realizaron propuestas estuvieron nombres como John Huston, Preston Sturges e incluso el propio James Whale. Finalmente se optó por el guion de R. C. Sherriff, bastante más próximo al espíritu de la novela. A partir de ahí, la película empezó a separarse progresivamente del libro para encontrar su propio camino.

Una de las cosas más fascinantes del filme es comprobar cómo intentaba el cine de la época explicar científicamente algo que, evidentemente, no tenía ninguna base científica, como también pasó con muchas películas del género en la época. En este filme, aparece la llamada monocaína, una sustancia presentada como un compuesto que originalmente se utilizaba para blanquear tejidos. El problema es que tenía un efecto bastante poco recomendable: aparte de generar ese efecto en las prendas, también destruía el material. Posteriormente se habría experimentado con ella en un perro. El animal primero se volvió blanco y después completamente loco. Una señal de alarma bastante evidente que Griffin decidió ignorar porque, si algo caracteriza a los "científicos locos" del cine fantástico clásico, es su capacidad para contemplar un experimento que ha destruido la mente de un animal y pensar: «Yo lo pruebo». La película también intenta establecer determinadas consecuencias de la invisibilidad. Griffin no puede exponerse fácilmente a la lluvia, la niebla puede revelar su silueta y hasta la comida se convierte en un problema, ya que los alimentos todavía pueden verse mientras atraviesan su sistema digestivo. Cosa que también pudimos ver en Memorias de un hombre invisible (1992) del maestro John Carprenter con el humo del cigarro, pero con unos efectos especiales más modernos y sofisticados. Son pequeñas explicaciones pseudocientíficas que hoy pueden resultar nimias, pero que ayudan a entender la lógica interna de la película. Y, sobre todo, hacen que la invisibilidad parezca un fenómeno con consecuencias físicas. No es simplemente un... digamos poder, sino una maldición.

El hombre invisible: cuando James Whale convirtió la ciencia en una pesadilla [GenB]

Aquí encontramos también una de las grandes historias detrás de la película. Universal había pensado inicialmente en Boris Karloff para interpretar a Griffin. No resulta extraño: acababa de convertirse en una estrella gracias a Frankenstein y ya había trabajado con Whale, aunque también con Karl Freund en su papel de Imhotep en La Momia (1932). Sin embargo, Karloff no terminó asumiendo el papel. Las razones no están del todo claras. Algunas versiones apuntan a cuestiones relacionadas con su contrato y su salario, mientras que otras señalan que el propio actor no estaba demasiado interesado en interpretar a un personaje cuyo rostro apenas se mostraría durante unos segundos. Colin Clive, otro de los colaboradores de Whale en Frankenstein, tampoco aceptó, ya que quería regresar a Inglaterra. Y entonces apareció un actor prácticamente desconocido para el cine estadounidense: Claude Rains. Su experiencia cinematográfica era mínima. Había participado en una película en Inglaterra, pero su verdadera trayectoria procedía del teatro. Había ejercido incluso como profesor de interpretación en la escuela de arte dramático de Londres, donde entre sus alumnos estuvieron John Gielgud y Laurence Olivier. James Whale se fijó en él y tuvo que convencer a Carl Laemmle Jr. para contratar a aquel desconocido. La apuesta salió sorprendentemente bien porque, si Griffin no podía mostrar la cara, Rains tendría que interpretar al personaje con aquello que sí permanecía visible: la voz y el lenguaje corporal, algo que dominaba plenamente. Y ahí residía precisamente su gran ventaja. Su formación teatral le permitió modular la voz de una manera extraordinaria. Podía resultar elegante, divertido, amenazante o completamente desquiciado sin necesidad de que su rostro apareciera en pantalla. De hecho, Claude Rains consiguió algo bastante paradójico: su debut cinematográfico prácticamente consistió en no dejar que viéramos su cara y, aun así, se convirtió en una estrella, al igual que ocurrió con David Prowse interpretando a Darth Vader en Star Wars, aunque por otros motivos.

Hoy en día ya estamos más que acostumbrados a personajes invisibles creados digitalmente. Podemos borrar completamente a un actor de una escena con el uso de cromas y efectos digitales, pero en 1933 no existía nada ni ligeramente parecido y precisamente por eso resulta tan fascinante comprobar cómo resolvió Universal el problema. Cuando Griffin todavía lleva vendas, gafas y ropa, el personaje es interpretado físicamente por Rains, pero cuando se descubre su invisibilidad, la película necesitaba mostrar algo imposible: ropa que se mueve sin que exista nadie dentro. El responsable de los efectos especiales fue John Fulton, que desarrolló una técnica basada en la combinación de diferentes tomas y pinturas mate. El sustituto de Rains llevaba un traje completamente negro y ajustado bajo la ropa. Posteriormente se rodaba la escena sobre un fondo negro para poder eliminar visualmente el cuerpo y conservar únicamente los elementos que debían permanecer visibles. El resultado permitía que aparecieran en pantalla escenas que, para un espectador de 1933, debían parecer directamente imposibles: una bicicleta desplazándose aparentemente sola, un cigarrillo flotando en el aire, unos pantalones corriendo sin piernas o una persona siendo zarandeada por unas manos que no podemos ver. Y, por supuesto, uno de los momentos más recordados de la película: Griffin retirándose las vendas de la cabeza para revelar que debajo de ellas no hay absolutamente nada. No había CGI, no había captura de movimiento, no había ordenador. Había ingenio. Y eso es precisamente lo que hace que muchos de estos efectos sigan funcionando a día de hoy a la perfección.

El hombre invisible: cuando James Whale convirtió la ciencia en una pesadilla [GenB]

A H. G. Wells no le gustó demasiado el resultado. Y es comprensible si tenemos en cuenta que la película modificaba considerablemente algunas características del personaje original. El Griffin de Wells era un individuo perturbado, pero su comportamiento estaba más relacionado con su enfrentamiento contra las estructuras sociales y el orden establecido. El personaje cinematográfico, en cambio, evoluciona hacia una figura mucho más exuberante, megalómana y directamente criminal. Whale tampoco renunció a su peculiar sentido del humor, y ahí aparece otra de las características que hacen especial a esta versión. El hombre invisible puede pasar de la amenaza al humor negro en cuestión de segundos. Hay situaciones deliberadamente absurdas, momentos de sátira social y escenas que parecen estar diseñadas para provocar tanto una sonrisa como cierta incomodidad. El resultado es una mezcla bastante poco habitual para la época: terror, ciencia ficción, comedia y una crítica bastante evidente al poder sin control. Porque el verdadero peligro de Griffin no es ser invisible, sino descubrir que puede hacer prácticamente cualquier cosa sin que nadie pueda detenerlo.

Universal sabía perfectamente cuándo había encontrado una mina de oro. El éxito de la película convirtió al Hombre Invisible en otro de los grandes iconos del estudio y provocó una serie de continuaciones y derivados. Llegaron El regreso del Hombre Invisible en 1940, La Mujer Invisible y posteriormente El Agente Invisible en 1942, además de La Venganza del Hombre Invisible en 1944. Con el tiempo, el personaje acabaría cruzándose incluso con otras criaturas del universo Universal y, finalmente, aparecería en un contexto mucho más humorístico junto a Abbott y Costello. El personaje tampoco desapareció después. La televisión recuperó la idea en diferentes ocasiones y el cine volvió a experimentar con la invisibilidad en películas como la anteriormente mencionada: Memorias de un hombre invisible (1992), El hombre sin sombra (2000), de Paul Verhoeven o la decepcionante: La Liga de los Hombres Extraordinarios (2003). La propia Universal retomaría décadas después la novela de Wells con nuevas aproximaciones, entre ellas la película de Leigh Whannell estrenada en 2020. 

Lo curioso de El hombre invisible es que Griffin acaba siendo mucho más que un científico que pierde el control de su experimento. Claude Rains hace un trabajo tremendo con un personaje al que apenas vemos, y James Whale sabe aprovecharlo sin necesidad de enrevesar demasiado el guion. Pese a que hay momentos en los que la película tira más hacia la comedia negra que hacia el terror, y creo que ahí tiene gran parte de su encanto. Vista hoy, casi un siglo después, sigue teniendo una fuerza y un poder de atracción visual enormes.

DaviOne
DaviOne

25 de octubre 2026

No hay comentarios